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domingo, 14 de febrero de 2016

¿QUIÉN ES UN SEÑOR?

¿Quién es un Señor?

Percy Cayetano Acuña Vigil

 



¿Quién es tu padre, y de qué demo [1] proviene? ¿Quién fue padre de tu padre? ¿Quién tu madre? ¿Quién fue padre de tu madre, y en qué demo tuvo su origen? ¿Posees un santuario de Apolo legado por tus ancestros, y un Zeus que proteja tu hogar? ¿En dónde están sus santuarios? ¿Tienes un mausoleo donde repose tu familia? ¿En dónde se encuentra? ¿Tratas con el debido respeto a tus padres, y cumples con las obligaciones pecuniarias y militares que el estado impone?

Aristóteles, Constitución de los atenienses 55.3 [2]Así describe Aristóteles la interrogación para elegir a los arcontes [3].
Se suele asignar este adjetivo en el habla popular en forma profusa. Veamos algunos de sus significados [4].

1. Como adjetivo designa a quien es dueño de algo; al que tiene dominio y propiedad en ello. U. m. c. s.
2. Como adjetivo en términos coloquiales designa una cualidad Noble, decorosa y propia de un señor.
3. También como adjetivo coloquial antepuesto a algunos nombres, sirve para realzar su significado. Se produjo una señora herida Me dio un señor disgusto
4. Como sustantivo m. y f. designa a una persona respetable que ya no es joven.
5. m. y f. Título que se antepone al apellido de un varón o de una mujer casada o viuda. Señor González, Señora Pérez; o al cargo que desempeña. Señores diputados, Señora Presidenta; en España y otros países de lengua española, se antepone al don o doña que precede al nombre. Señor don Pedro, Señor don Pedro González, Señora doña Luisa, Señora doña Luisa Pérez; en gran parte de América, al nombre seguido de apellido. Señor Pedro González, Señora Luisa Pérez; y en uso popular, al nombre solo. Señor Pedro, Señora Luisa.
6. m. y f. Amo con respecto a los criados.
7. m. y f. Término de cortesía que se aplica a un hombre o a una mujer, aunque sea de igual o inferior condición.
8. m. y f. coloq. Suegro, suegra.
9. m. por antonom. Dios. ORTOGR. Escr. Con may. inicial.
10. m. Jesús. ORTOGR. Escr. Con may. inicial.
11. m. Poseedor de estados y lugares con dominio y jurisdicción, o con solo prestaciones territoriales.
12. m. Título nobiliario.
13. m. Tratamiento que se da a una persona real para dirigirse a ella de palabra o por escrito.
14. m. desus. Título que se anteponía al nombre de los santos. Señor san Pedro. El
Señor Santiago.
15. m. desus. Héroe o protagonista de una historia.
16. f. Señora: Mujer que por sí posee un señorío.
17. f. Señora: Mujer del señor.
18. f. Mujer o esposa.

Señor, ra. (Del lat. senĭor, -ōris).
El gran ~.: 1. m. Emperador de los turcos.


El Gran  Señor de los Turcos ha mandado juntar a todos "los cadís, capitanes, beyes, —o "reyes", según se lee en las primeras ediciones (1) La hora de todos, ed. Introd.  y notas de Luis Lope Grigera, Clásicos Castalia 67, Madrid, 1975, p. 161 y nota 512.


Señora de compañía.
f. La que tiene por oficio acompañar a paseo, a visitas, espectáculos, etc., a señoras y
hasta hace poco tiempo a señoritas que no acostumbraban salir solas de sus casas. Señora de honor. f. Título que se daba a las que tenían en palacio empleo inferior a las damas.

Señor de horca y cuchillo.
m. señor que tenía jurisdicción para castigar hasta con pena capital.
m. coloq. Persona que manda como dueño y con mucha autoridad.

Señor del argamandijo. m. El que tiene el mando de algo.
Señor de los ejércitos. m. Dios.
Señor de salva. m. ant. Personaje de mucha distinción o de elevada jerarquía.
Señor de sí. m. dueño de sí mismo.
~ mayor. m. y f. Persona respetable, de avanzada edad.

Nuestra Señora. f. La Virgen María.

Descansar, o dormir, en el Señor. locs. verbs. Morir con la muerte de los justos. gloriarse alguien en el Señor. loc. verb. Decir o hacer algo bueno, reconociendo a Dios por autor de ello y dándole alabanzas.

Pues señor. expr. coloq. U. para comenzar un cuento o un relato.

Quedar alguien señor del campo.
1. loc. verb. Mil. Haber ganado la batalla, manteniéndose en la campaña o terreno en donde se dio o estaba el enemigo.
2. loc. verb. Haber vencido en cualquier disputa o contienda.


Señor es quien tiene dominio sobre algo o alguien. En este sentido, se aplican las expresiones "señor de los ejércitos", "señor del Reino", "señor de la casa". Históricamente, el título de señor indicaba la superioridad con respecto a los esclavos de los que era el amo, o con respecto a los súbditos a los que dominaba a cambio de protección. También se utilizó para dirigirse a personajes de la nobleza y de la realeza.

En el  Medievo, era  el  título del que dominaba en un feudo (señor feudal) sobre sus súbditos.

En España, donde el término feudo se aplicaba menos, se aplicaba de la misma forma al señorío (señor de vasallos, señor jurisdiccional, señor territorial, señor del lugar, señor de horca y cuchillo...). Entre los títulos de soberanía de los reyes de España se encuentran los de señor de Vizcaya y de Molina. Según el protocolo, se debe tratar a los que poseen este título de Ilustrísimo Señor de..., o de Excelencia.

Se usa el título señor antepuesto al apellido, generalmente para expresar la condición de casado. Es así en expresiones como: "señor y señora González...". Puede preceder a un cargo: "señor presidente". Se utiliza como expresión de respeto para dirigirse a alguien. En las  religiones judeocristianas, suele  aplicarse  a  Dios. En  este  caso  debe iniciarse con mayúscula: "el Señor".

En el judaísmo, el nombre de Dios, que no se debe pronunciar por respeto, es sustituido en las lecturas por la palabra hebrea Adonay, que significa señor, y que se utilizaba para referirse a una persona importante, con capacidad para ejercer su dominio sobre algo o alguien. Seguían así la misma tradición de culturas próximas, que consideraban a sus dioses los Señores del país. Esta idea vino sustentada por el convencimiento de que Dios era el creador (Señor) del mundo, y el que había liberado a Israel del dominio de los egipcios, (Señor del pueblo de Israel, o Sebaoth: Señor de los Ejércitos de Israel).

Posteriormente, al traducir la biblia al griego, Adonay se sustituyó por Κύριος (Kirios), con el mismo significado. Durante la época helenística, la idea de considerar a los dioses como señores, pasó a expresarse en el lenguaje, tanto en la cultura egipcia como en la griega.

Con la llegada del cristianismo, la palabra Señor es utilizada igualmente para referirse tanto a Dios Padre como a Cristo, tradición que se encuentra reflejada ya en las epístolas de Pablo de Tarso (entre los años 51 y 67).

Hago referencia aquí a la famosa metáfora de la “lucha a muerte” entre el amo y el esclavo que provee a Hegel la clave del despliegue de la libertad en el curso de la historia. Con esta metáfora pasa a analizar detalladamente la dialéctica del amo y el esclavo,

En donde resulta determinante en el desarrollo de la Fenomenología   que   solamente arriesgando la vida se mantiene la libertad y que el individuo que no ha arriesgado la vida puede sin duda ser reconocido como persona; pero no ha alcanzado la verdad de este reconocimiento como autoconciencia independiente.

Se  infiere  que  aquellos  que  alguna  vez  se  sometieron a  la  esclavitud  demuestran  su humanidad cuando se arriesgan a morir voluntariamente antes que permanecer subyugados.

Este es el caso de Junín en donde los peruanos que participan son un ejemplo de la lucha por este reconocimiento, convirtiéndose esta batalla en la dialéctica del reconocimiento, haciéndose visible como historia universal de la libertad.
________________________
[1]  Demo: Demo (δeμος, dêmos -"pueblo" en griego-) era la circunscripción administrativa básica en que se dividía el territorio de la antigua Atenas. Su uso castellano es como sustantivo masculino.1 No se recoge tal uso en el DRAE.2 También se utiliza en la forma deme (δeμe),3 que no se recoge en el DRAE.4 El plural griego (demoi δeμοι) es poco utilizado en la bibliografía en castellano.5 También se utiliza demi (δeμι, como plural de deme).6

Los demos áticos o demos atenienses (o demoi o demi) fueron instaurados en las reformas legislativas (isonomía) de Clístenes (del 508 a. C. o 507 a. C. al 501 a. C.) El demo impuso una división con criterios de vecindad, en vez de la división anterior, con criterios de parentesco, propia de las polis aristocráticas. Su funcionamiento implicó un avance determinante en la constitución de la denominada democracia ateniense.

[2] Aristóteles. Constitución de los atenienses. Introducción, traducción y notas: Manuela
García Valdéz. Madrid, Gredos, 1984.

Aristóteles. Constitución de Atenas. Edición, traducción y notas con estudio preliminar por
Antonio Tovar. Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1948 (reimp. 1970)

[3] En la antigua Grecia, los arcontes eran los magistrados que ocupaban los puestos más importantes del gobierno de la ciudad. Su importancia varió a lo largo de los casi cinco siglos que perduró la institución, desde el 753 a. C. —cuando el arcontazgo perpetuo de los reyes de Atenas dio lugar a mandatos de diez años— hasta bien entrado el siglo III a. C., pero constituyeron la base de los gobiernos democráticos de la mayoría de las ciudades griegas. Esta magistratura representa la sustitución del poder de los antiguos reyes por el de las familias nobles, y debió crearse entre los siglos X y VII a. C.
Fustel de Coulanges, Numa D. (1987). La ciudad antigua, Barcelona: Iberia. [4]  Arcontes

martes, 6 de agosto de 2013

Ricardo Maliandi: ÉTICA: CAYETANO ACUÑA-

Ricardo Guillermo Maliandi : ÉTICA: (n. La Plata, 1930)




Escritor y filósofo argentino, especialista en ética. Ha sido profesor en varias universidades argentinas e investigador de CONICET. Doctorado en Filosofía por la Universidad de Maguncia, Alemania. Obtuvo el Premio Konex en 1986 por su labor en la especialidad "ética" y en 2012 el Premio Nacional en la categoría "Ensayo filosófico" por sus trabajos sobre ética convergente.

Es además presidente de la Asociación Argentina de Investigaciones Éticas, miembro titular de la Academia Nacional de Ciencias y miembro honorario de la Asociación Argentina de Bioética. Sus investigaciones comenzaron en torno a la axiología y particularmente a la obra de Nicolai Hartmann, de quien ha traducido varios escritos.

Posteriormente se acercó a la ética del discurso y entabló amistad con uno de sus fundadores, Karl-Otto Apel. Desde hace años trabaja en una propuesta original que él denomina "ética convergente".

La ética convergente.


 Desde el comienzo de su carrera filosófica, Ricardo Maliandi ha realizado investigaciones acerca de la ética material de los valores, particularmente en la versión de Nicolai Hartmann (su tesis doctoral de la Universidad de Maguncia, Wertobjektivität und Realitätserfahrung). Dos problemas concitaron siempre su atención en el campo de la ética: el de la fundamentación y el de la conflictividad.

Convencido de que el intuicionismo propio de las éticas axiológicas resulta insuficiente para una fundamentación rigurosa, pero consciente asimismo de las muchas sugerencias contenidas en los análisis hartmannianos de las relaciones conflictivas entre los valores, el pensamiento ético de Maliandi se desarrolla como la búsqueda de una fundamentación ética no intuicionista, en la que se deje un lugar relevante para la cuestión de los conflictos.

En ocasiones, esta investigación abarcó asimismo incursiones en la antropología filosófica (como en Cultura y conflicto). En sus trabajos más recientes vienen ejerciendo decisiva influencia la pragmática trascendental y la ética del discurso de Karl-Otto Apel, donde se ofrece una nueva fundamentación apriorística, aunque muy alejada de las de tipo intuicionista.

Maliandi presenta, a modo de propuesta programática, un acercamiento entre las éticas de Hartmann y Apel, en el sentido de una adecuación de la estructura conflictiva del ethos (enfatizada por Hartmann) a la fundamentación reflexiva pragmático-trascendental (defendida por Apel) (por ejemplo, Transformación y síntesis).

El eje apriorístico que, pese a las múltiples diferencias de enfoques, vincula a esos dos filósofos, permite asimismo a Maliandi una defensa del universalismo contra la acentuación unilateral de la diferencia, propia de algunas tendencias irracionalistas actuales (Dejar la posmodernidad. La ética frente al irracionalismo actual).

Ese esfuerzo se complementa con el desarrollo de una teoría de la razón que pone de relieve en ésta su “bidimensionalidad” (fundamentación y crítica) y su “dialogicidad” (el hecho de que la razón sólo funciona realmente en la comunicación dialógica como lo expone en Volver a la razón).

La concepción ética de Maliandi es resumible, según él mismo lo propone, como una “ética convergente”, tema en el que continúa trabajando. (La ética cuestionada.. Prolegómenos para una ética convergente, 1998.

Ética: dilemas y convergencias, 2006,
Teoría y praxis de los principios bioéticos –en colaboración con Oscar Thüer—Buenos Aires, UNLa, 2008 ).

La noción de “convergencia” se entiende aquí en un doble sentido:

1) como la ya mencionada aproximación entre la ética material de los valores y la ética del discurso, y, con ello, entre la admisión de la inevitabilidad de los conflictos y la propuesta de una fundamentación fuerte, a priori (conjunción de la que deriva a su vez el reconocimiento de un “a priori de la conflictividad”), y

2) como el rasgo básico de una ética que reconoce una pluralidad de principios, pero también, a la vez , exige maximizar la armonía entre ellos. Los principios no son infinitos (lo cual equivaldría a una forma de relativismo) sino que se reducen a cuatro, ordenados en dos pares: universalidad-individualidad (conflictividad sincrónica) y conservación-realización (conflictividad diacrónica) y están determinados en correspondencia con la bidimensionalidad de la razón.

Esos cuatro principios rigen las decisiones y acciones moralmente cualificables y se fundamentan por vía de la reflexión pragmático-trascendental. La exigencia de maximizar la armonía entre ellos constituye un “metaprincipio”, similar a la exigencia hartmanniana de “síntesis” axiológicas, aunque se basa en la necesidad de evitar las formas unidimensionales (o unilaterales) de la razón.

La ética convergente ve en la razón la instancia anticonflictiva por excelencia, es decir, la exigencia de evitar, resolver o, al menos, regular los conflictos, y la suma de indicaciones metodológicas para hacerlo; pero, al mismo tiempo, la instancia capaz de reconocer el carácter esencialmente conflictivo de las interrelaciones sociales y, por tanto, del ethos.

Uno de los sentidos de la convergencia reside precisamente en la compatibilización entre aquella exigencia y este reconocimiento. La ética convergente de Maliandi se ubica, en definitiva, en la línea del universalismo (o apriorismo) kantiano, del que las éticas de Hartmann y de Apel representan derivaciones diversas (y acaso divergentes).

Pero propone, por otra parte, observaciones críticas de esas mismas fuentes: se trata de corregir el rigorismo kantiano, originado en una incomprensión de la conflictividad, mostrando que la bidimensionalidad de la razón hace inevitable una cierta flexibilidad ética; de corregir, asimismo, el intuicionismo subsistente en la ética hartmanniana, mostrando que las discrepancias entre intuiciones no pueden resolverse mediante recurso a nuevas intuiciones, y de corregir, finalmente, el monismo de la ética del discurso (en razón del cual ésta tiene que recurrir a una “parte B” para justificar los casos en que es imposible cumplir el principio del discurso), mostrando una pluralidad de principios en el marco de un “a priori de la conflictividad”.

Escritos filosóficos
• (2012) Ética y conflicto. "Un diálogo filosófico sobre la ética convergente".
 Con Alberto Damiani y Guillermo Lariguet, Remedios de Escalada, Ediciones de la UNLa. ISBN 978-987-1326-80-8
 • (2011) Ética convergente. Tomo II: "Aporética de la conflictividad". Buenos Aires: Ed. Las Cuarenta. ISBN 978-987-1501-36-6
• (2010) Ética convergente. Tomo I: "Fenomenología de la conflictividad". Buenos Aires: Ed. Las Cuarenta. ISBN 978-987-1501-13-7
 • (2010) Discurso y convergencia. "La ética discursiva de Karl-Otto Apel y el laberinto de los conflictos". Buenos Aires: Ed. Oinos (edición auspiciada por la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León, México). ISBN 978-987-24649-1-2
 • (2010) (Compilador junto con S. M. Muiñoz1 ): Nicolai Hartmann. "Recuperación de un pensamiento decisivo".Remedios de Escalada: EDUNLA. ISBN 978-987-1740-04-8 • (2010) (Compilador) Jornadas Nacionales de Ética 2009: Conflictividad, dos tomos, Buenos Aires, UCES. ISBN 978-987-98351-7-3
 • (2009) Valores blasfemos. "Diálogos con Heidegger y Gadamer". Buenos Aires: Las Cuarenta. ISBN 978-987-1501-10-6. Con Graciela Fernández
• (2008) Teoría y praxis de los principios bioéticos con Oscar Thüer. Escalada: UNLa.
• (2006) Ética, dilemas y convergencias. Buenos Aires: Biblos.
• (1998) La ética cuestionada. Buenos Aires: Almagesto.
• (1997) Volver a la razón. Buenos Aires: Biblos.
• (1993) Dejar la posmodernidad. Buenos Aires: Almagesto.
• (1991) Ética: conceptos y problemas. Buenos Aires: Biblos (4ª reedición, 2004).
• (1991) Transformación y síntesis. Buenos Aires: Almagesto.
• (1984) Cultura y conflicto. Buenos Aires: Biblos.
• (1967) Hartmann. Buenos Aires: Centro Editor de América latina.
• (1966) Wertobjektivität und Realitätserfahrung. Bonn: Bouvier.

Otros escritos
 • (2001) La nariz de Cleopatra, Buenos Aires: Leviatán.
• (2003) 16 jueces y 1 ahorcado, Mar del Plata: Ed. Suárez.
• (1981) La novela dentro de la novela.
• (1972) Naufragio de la piel. Homenajes Cristina Ambrosini (Compiladora) Ética.

Convergencias y divergencias. Homenaje a Ricardo Maliandi, Remedios de Escalada, Ediciones de la UNLa, 2009, 443 pp., ISBN: 978-987-1326-38-9. Introducción de Cristina Ambrosini y trabajos de 26 filósofos:

Fabio H. Álvarez, Hugo Biagini, Jorge Manuel Casas, Sergio Cecchetto, Jesús Conill, Adela Cortina, Andrés Crelier, Alberto Damiani, Julio De Zan, Esther Díaz, Enrique Dussel, Esperanza Guisán, Mario Heler, Daniel Kalpokas, Hans Lenk, Matthias Maring, Francisco Maglio, Diego Parente, María Luisa Pfeiffer, María Cristina Reigadas, Silvia Rivera, Arturo Andrés Roig, Luis Varela y Roberto J. Walton. Michelini, Dorando; José San Martín y Jutta Wester (editores) Ética, discurso, conflictividad.

Homenaje a Ricardo Maliandi, Universidad Nacional de Río Cuarto, Argentina, 1995, ISBN 950-665-019.
Autores: Karl-Otto Apel, Audun Öfsti, Matthias Kettner, Arturo A. Roig, Rüdiger Bubner, Vittorio Hösle, Gustavo Ortiz, Carlos Pérez Zavala, Julio De Zan, Jorge Gracia, María Luisa Pfeiffer, Dorando Michelini, Adela Cortina, Graciela Fernández de Maliandi, Mario Heler, José San Martín, Roberto Walton, Julia Valentina Iribarne, Gabriela Müller, Mónica Cragnolini

 Referencias 1.
 ↑ Asociación Argentina de Investigaciones Éticas

Enlaces externos
• Artículos de Ricardo Maliandi
 • Entrevista a Ricardo Maliandi
 • Artículo de Ricardo Maliandi "Esbozo de fundamentación desde la Ética Convergente" en el libro La ética en la encrucijada
• Premio Konex 1986

Consultar también mi artículo sobre TOMAS MORO SIMPSON, filosofo argentino. Filosofía del lenguaje.

Referencia: Artículo publicado en: http://es.wikipedia.org/wiki/Ricardo_Maliandi. 06/08/2013

 Comparto este video del emérito Filosofo argentino:



lunes, 13 de agosto de 2012

¿Qué es la ética?, ¿Hoy día?

Athenea Parthenos

En su forma más simple, la ética es un sistema de principios morales. Afecta cómo las personas toman decisiones y dirigen sus vidas.

La ética tiene que ver con lo que es bueno para los individuos y la sociedad, y también se describe como la filosofía moral. La ética trata del estudio de lo que es apropiado para el hombre. Trata de la pregunta:  ¿Qué es lo que debo hacer?

El término se deriva de la palabra griega ἠθικός que puede significar costumbre, hábito, carácter o disposición.

La ética es una rama de la filosofía que se ocupa del estudio racional de la moral, la virtud, el deber, la felicidad y el buen vivir.

La palabra ética proviene del latín ethĭcus, y este del griego antiguo ἠθικός, o transcrito a nuestro alfabeto, "êthicos". Es preciso diferenciar al "êthos", que significa "carácter", del "ethos", que significa "costumbre", pues "ética" se sigue de aquel sentido y no es éste.

Desconocer tal diferencia deriva en la confusión de "ética" y "moral", pues esta última nace de la voz latina "mos, moris", que significa costumbre, es decir, lo mismo que "ethos". Si bien algunos sostienen la equivalencia de ambas doctrinas en lo que a su objeto respecta, es crucial saber que se fundamentan en conceptos muy distintos.

La ética estudia qué es lo moral, cómo se justifica racionalmente un sistema moral, y cómo se ha de aplicar posteriormente a los distintos ámbitos de la vida personal y social. En la vida cotidiana constituye una reflexión sobre el hecho moral, busca las razones que justifican la utilización de un sistema moral u otro.

La ética es un requisito para la vida. Es nuestra manera de decidir un curso de acción. Sin ética nuestras acciones serían aleatorias y sin rumbo. No sería posible trabajar hacia un objetivo, porque no habría como escoger entre un número ilimitado de objetivos. Incluso sin una norma ética , se puede ser incapaz de alcanzar nuestros objetivos. Con una Norma ética racional podemos organizar correctamente nuestras metas y acciones para cumplir con nuestros  mayores valores. Cualquier falla en nuestra ética reducirá nuestra capacidad para tener éxito en nuestros esfuerzos.

La ética abarca dilemas tales como los siguientes: Cómo vivir una buena vida, nuestros derechos y responsabilidades,  los conceptos del bien y del mal, las decisiones morales sobre lo que es bueno y lo malo.

Nuestros conceptos de la ética se han derivado de las religiones, filosofías y culturas. Estos determinan los debates sobre temas como el derecho al aborto, los derechos humanos y la conducta profesional.

Aproximaciones a la ética
La filosofía hoy en día tiende a dividir las teorías éticas en tres áreas: metaética, ética normativa y ética aplicada.

La meta-ética se ocupa de la naturaleza del juicio moral. Se ve en los orígenes y el significado de los principios éticos. La ética normativa se refiere al contenido de los juicios morales y los criterios sobre lo que es correcto o incorrecto. La ética aplicada examina también temas polémicos como la guerra, los derechos de los animales y los aspectos vinculados a la eutanasia y a la pena capital.

MacIntyre, Alasdair (1981)

La Ética de la virtud es en la actualidad uno de los tres enfoques principales en la ética normativa. Es posible que, inicialmente, se identifica como que hace hincapié en las virtudes, o el carácter moral, en contraste con el enfoque que hace hincapié en los derechos o normas (deontología) o el que hace hincapié en las consecuencias de las acciones (consecuencialismo). Supongamos que es obvio que alguien que lo necesite debe ser ayudado. Un utilitarista  apunta al hecho de que las consecuencias van a maximizar el bienestar, un deontólogo al hecho de que, al hacerlo, el agente actuara de conformidad con una regla moral, tal como "No hagas a los demás como no te gustaría que te trataran y un especialista en ética actuará en virtud al hecho de que ayudar a la persona sería por caridad o benevolencia.

Tres de los conceptos centrales de ética de la virtud ", virtud, sabiduría práctica y la eudaimonia están a menudo mal entendidos. Una vez que se distinguen de los conceptos relacionados pero distintos propios de la filosofía moderna, las varias objeciones a la ética de la virtud pueden ser mejor evaluadas.

Foot, Philippa, (1978), Virtues and Vices, Oxford: Blackwell.
 –––, (1994), “Rationality and Virtue”, in H. Pauer-Studer (ed.), Norms, Values and Society, Amsterdam: Kluwer, pp. 205–16.
–––, (2001), Natural Goodness, Oxford, Clarendon Press.

Ver filosofía del lenguaje en Polis vs Caos



MacIntyre, Alasdair (1981): After Virtue. A Study in Moral Theory, Notre Dame (2nd edition:
Notre Dame 1984). – Der Verlust der Tugend. Zur moralischen Krise der Gegenwart,
Frankfurt a. M. 1987.
___, (1988): Sōphrosunē: How a Virtue Can Become Socially Disruptive, in
Midwest Studies in Philosophy Vol. XIII: Ethical Theory: Character and Virtue, hrsg.
von Peter A. French, Theodore E. Uehling, Jr. und Howard K. Wettstein, Notre Dame,
S. 1–11.
___,  (1992): Virtue Ethics, in Encyclopedia of Ethics, hrsg. von Lawrence C.
Becker und Charlotte B. Becker, New York, London, Vol. II, S. 1276–82.

Ver Arethé en esta Bitácora
  

martes, 31 de julio de 2012

Fragmentos de Sir Bertrand Russell

Sir Bertrand Russell


Adjunto un texto de Sir Bertrand Russell que tiene plena actualidad para reflexionar sobre la Arquitectura
Publicado en urbanoperu el 17 Nov 2007 15:38:35 GMT.
Arquitectura y problemas sociales


La arquitectura, desde los tiempos más remotos, ha tenido dos propósitos: por una parte, el puramente utilitario de proporcionar calor y refugio; por otra, la finalidad política de inculcar una idea a la humanidad por medio del esplendor de su expresión en piedra. El primer propósito bastaba, por lo que se refiere a la morada de los pobres; pero los templos de los dioses y los palacios de los reyes fueron pensados para inspirar temor a los poderes celestiales y a sus favoritos en la tierra. En unos pocos casos no se glorificaba a monarcas individuales, sino a comunidades: la Acrópolis de Atenas y el Capitolio de Roma ponían de manifiesto la majestad imperial de aquellas orgullosas ciudades para edificación de súbditos y aliados. El mérito estético era considerado deseable en los edificios públicos y, más tarde, en los palacios de plutócratas y emperadores, pero no se tenía en cuenta en las chozas de los campesinos ni en las desvencijadas viviendas del proletariado urbano.

En el mundo medieval, a pesar de la mayor complejidad de la estructura social, el propósito artístico en arquitectura estaba igualmente restringido; en realidad, más todavía, ya que los castillos de los grandes se proyectaban con miras a la fortaleza militar, y si tenían alguna belleza era por accidente. No fue el feudalismo, sino la Iglesia y el comercio, lo que produjo la, mejor arquitectura de la Edad Media. Las catedrales exhibían la gloria de Dios y de sus obispos. 

Los comerciantes en lana de Inglaterra y los Países Bajos, que tuvieron a su servicio a los reyes de Inglaterra y a los duques de Borgoña, expresaban su orgullo en las espléndidas lonjas y edificaciones municipales de Flandes y, con menor magnificencia, en muchos mercados ingleses. Pero fue Italia, el lugar de nacimiento de la plutocracia moderna, la que llevó la arquitectura comercial a la perfección. Venecia, la novia del mar, la ciudad que desviaba cruzadas y que atemorizaba a los monarcas unidos de la cristiandad, creó un nuevo tipo de majestuosa belleza en los palacios del dux y los de los príncipes mercaderes. 

Contrariamente a los rústicos barones del norte, los magnates urbanos de Venecia y Génova no necesitaban soledad ni defensa, sino que vivían unos junto a otros, y creaban ciudades en las que todo lo visible para el extranjero no muy curioso era espléndido y estéticamente satisfactorio. En Venecia, especialmente, era fácil ocultar la miseria: los tugurios se hallaban ocultos y alejados, en callejones interiores, donde nunca los veían los ocupantes de las góndolas. Jamás, desde entonces, ha alcanzado la plutocracia un éxito. tan completo y perfecto.

En la Edad Media, la Iglesia no solamente construyó catedrales, sino también edificios de otra clase, más apropiados a nuestras necesidades modernas: abadías, monasterios, conventos y colegios. Estaban basados en una forma restringida de comunismo, y proyectados para una vida social pacífica. En esos edificios, todo lo individual era espartano y simple, y todo lo comunal, espléndido y espacioso. La humildad del simple monje quedaba satisfecha con una celda tosca y desnuda; el orgullo de la orden se exhibía en la gran magnificencia de naves, capillas y refectorios. En Inglaterra, de los monasterios y las abadías sobreviven principalmente ruinas para agradar a los turistas; pero los colegios, en Oxford y en Cambridge, todavía son parte de la vida nacional y conservan la belleza del comunalismo medieval.

Con la expansión del Renacimiento hacia el norte, los toscos barones de Francia e Inglaterra se dieron a trabajar para adquirir el refinamiento de los italianos ricos. Al tiempo que los Médicis casaban a sus hijas con reyes, los pintores, los poetas y los arquitectos al norte de los Alpes copiaban los modelos florentinos y los aristócratas reemplazaban sus castillos por mansiones campestres que, con su indefensión contra el asalto, señalaban la nueva seguridad de una nobleza cortesana y civilizada. Pero esta seguridad fue destruida por la Revolución francesa, y desde entonces los estilos arquitectónicos tradicionales han perdido su vitalidad. Persisten donde las viejas formas de poder persisten, como es el caso de las adiciones de Napoleón al Louvre; pero estas adiciones tienen una florida vulgaridad, que muestra su inseguridad. Parece tratar de olvidar la constante advertencia de su madre en mal francés: "Pourvou que cela dure...".

Hay dos formas típicas de arquitectura en el siglo XIX, debidas, respectivamente, a la producción maquinista y al individualismo democrático: de un lado, la fábrica, con sus chimeneas; -del otro, las hileras de minúsculas viviendas para las familias de la clase obrera. Mientras la fábrica representa la organización económica determinada por el industrialismo, las pequeñas casitas representan el aislamiento social a que aspira una población individualista. Donde el alto valor del suelo hace deseable la construcción de grandes edificios, éstos tienen una unidad meramente arquitectónica, no social; son bloques de oficinas, casas de apartamentos u hoteles cuyos ocupantes no forman una comunidad, como los monjes en un monasterio, sino que tratan, en todo lo posible, de permanecer ignorantes de la existencia de los demás. En Inglaterra, dondequiera que el valor del terreno no es demasiado elevado, el principio de una casa para cada familia se reafirma.

A medida que se entra por ferrocarril a Londres o a cualquier gran ciudad del norte, se pasa por calles sin fin, formadas por tales pequeñas viviendas, donde cada casa es un centro de vida individual, y la vida comunitaria es representada por la oficina, la fábrica o la mina, según la localidad. La vida social fuera de la familia, en tanto que la arquitectura pude asegurar tal resultado, es exclusivamente económica, y todas las necesidades sociales no económicas han de ser satisfechas dentro de la familia o verse frustradas. Si han de juzgarse los ideales sociales de una época por la calidad estética de su arquitectura, los cien últimos años representan el punto más bajo alcanzado hasta ahora por la humanidad.

La fábrica y las hileras de pequeñas casas que la rodean ilustran una curiosa inconsistencia de la vida moderna. En tanto que las condiciones de la producción la fueron convirtiendo en una cuestión de grupos cada vez más numerosos, nuestra actitud, en general, en todo lo que se considera ajeno a la esfera de lo político o de lo económico, ha tendido a hacerse cada vez más individualista. Esto es cierto no solamente en materias de arte o cultura, donde el culto a la expresión del yo ha conducido a una anárquica rebeldía contra toda clase de tradiciones o convenciones, sino también -quizá como una reacción contra la superpoblación- en la vida diaria del hombre corriente y más aún de la mujer corriente.

En la fábrica hay forzosamente vida social, lo que ha dado lugar a los sindicatos; pero en el hogar, cada familia desea aislamiento. "Vivo para mí misma", dicen las mujeres; y a sus maridos les gusta pensar en ellas sentadas en el hogar esperando el regreso del jefe de la casa. Estos sentimientos hacen que las esposas soporten, y aun prefieran, las pequeñas casas separadas, las pequeñas cocinas separadas, la monotonía de las las labores domésticas separadas y, mientras no están en el colegio, el cuidado separado de los niños. El trabajo es duro, la vida monótona y la mujer casi una prisionera en su propia casa; a pesar de todo, y aunque agota sus nervios, ella prefiere esto a una forma de vida más comunitaria, porque el aislamiento le procura la estimación de sí misma.

La preferencia por este tipo de arquitectura está en relación con la condición social de la mujer. A pesar del feminismo y del voto, la situación de las esposas, por lo menos en las clases trabajadoras, no ha cambiado. La esposa depende todavía de los ingresos del marido y no recibe salario aunque trabaje intensamente. Siendo profesionalmente un ama de casa, le gusta tener una casa que llevar. El deseo de hallar campo para la iniciativa personal, común a la mayor parte de los seres humanos, no se satisface para ella sino en el hogar. Al marido, por su parte, le gusta que su mujer trabaje para él y dependa económicamente de él; por añadidura, su mujer- y su casa satisfacen más su instinto de propiedad que cualquier tipo diferente de arquitectura. En cuanto a la posesividad conyugal, tanto al marido como a la esposa, aun cuando alguna vez sientan deseos de una vida más social, les alegra el que el otro tenga tan pocas ocasiones de encontrarse con miembros posiblemente peligrosos del sexo opuesto. Y así, aunque sus vidas se empequeñezcan y la de la mujer resulte innecesariamente penosa, ninguno de los dos desea una organización diferente de su existencia social.

Todo esto cambiaría si la regla, y no la excepción, fuese que las mujeres casadas se ganaran la vida trabajando fuera del hogar. En las clases profesionales hay ya bastantes esposas que ganan dinero con su trabajo independiente como para producir, en las grandes ciudades, cierto acercamiento a lo que sus circunstancias hacen deseable. Lo que tales mujeres necesitan es un apartamento con los servicios resueltos o una cocina comunitaria que las exima de la tarea de preparar comidas, y una guardería que se haga cargo de los niños durante sus horas de oficina. 

Convencionalmente, se supone que una mujer casada lamenta la necesidad de trabajar fuera de casa, y si al final de la jornada, tiene que realizar las labores de cualquier esposa que no tenga otra ocupación, es probable que recaiga sobre ella un considerable exceso de trabajo. Pero con un tipo de arquitectura apropiado, las mujeres podrían verse libres de la mayor parte del trabajo en la casa y en el cuidado de los niños, con ventaja para ellas, para sus maridos y para sus niños, y en este caso la sustitución de los tradicionales deberes de la esposa y de la madre por el trabajo profesional sería una ventaja evidente. Todo marido de una esposa a la antigua se convencería de esto si, durante una semana, intentase llevar a cabo las tareas de su mujer.

El trabajo de la esposa de un asalariado nunca se ha modernizado, porque no se paga; pero, en realidad, es en gran parte innecesario, y el grueso de la restante actividad podría repartiese entre diferentes especialistas. Pero para hacer esto, la primera reforma que se requiere es una reforma arquitectónica. El problema consiste en asegurar las mismas ventajas comunales que garantizaban los monasterios medievales, pero sin celibato; es decir, deberán preverse las necesidades de los niños.

Consideremos primero las desventajas innecesarias del sistema actual, en el que cada hogar de clase obrera es autárquico, tanto en la forma de una casa separada como en la de habitaciones en un bloque de viviendas.

Los mayores males recaen sobre los niños. Antes de la edad escolar, les falta sol y aire; su dieta es la que puede proporcionarles una madre pobre, ignorante, atareada e incapaz de confeccionar una clase de comida para los adultos y otra para los pequeños; éstos están molestando constantemente a su madre mientras guisa y hace su trabajo, de lo que resulta que la ponen nerviosa y reciben un trato áspero, tal vez alternado con caricias; nunca tienen libertad, ni espacio, ni un ambiente en el que sus actividades naturales sean inocuas. Esta combinación de circunstancias tiende a hacerlos raquíticos, neuróticos y sumisos.

Los males son también muy considerables para la madre. Tiene que combinar los deberes de una niñera, los de una cocinera y los de una sirvienta, funciones para ninguna de las cuales ha sido preparada; casi inevitablemente las realiza todas mal; siempre está cansada y encuentra en sus hijos un motivo de fastidio en lugar de una fuente de felicidad; su marido descansa cuando termina su trabajo, pero ella no descansa nunca; al final, casi inevitablemente, se vuelve irritable, mezquina y envidiosa.

Para el hombre son menores las desventajas, ya que permanece menos tiempo en casa. Pero cuando llega al hogar no está en disposición de disfrutar con los reniegos de la esposa o la "mala" conducta de los niños; probablemente acuse a su mujer, cuando debiera culpar a la arquitectura, con desagradables consecuencias, que varían según el grado de su brutalidad.

No digo, por supuesto, que todo esto sea universal; pero digo, sí, que cuando no es así, tiene que haber una excepcional cantidad de autodisciplina, de sabiduría y de vigor físico en la madre. Y es obvio que un sistema que requiere de los seres humanos cualidades excepcionales, solamente en casos excepcionales alcanzará buen éxito. La existencia de raros ejemplos en los que tales males no aparecen, no prueba nada en contra de la maldad de tal sistema.

Para acabar con todos estos inconvenientes simultáneamente, basta con introducir un elemento comunitario en la arquitectura. Las casitas separadas y los bloques de viviendas, cada una con su cocina, deberían ser derribados. En su lugar debería haber altos edificios en torno a un cuadrilátero central, con el lado sur más bajo, para que penetrara la luz del sol. Una cocina común, un espacioso salón comedor y otro salón para las distracciones, las reuniones y el cine. En el cuadrilátero central debería haber una guardería, construida de forma tal que los niños no pudieran hacer daño fácilmente, ni a sí mismos, ni a objetos frágiles: no debería haber escalones, ni chimeneas abiertas, ni estufas calientes al alcance de sus manos; los platos, copas y fuentes habrían de ser de material irrompible y, en general, debería evitarse en todo lo posible la presencia de aquellas cosas que obligan a decir "no" a los niños.

Durante el buen tiempo, la guardería podría funcionar al aire libre; durante el mal tiempo, excepto en el peor, en habitaciones abiertas al aire por un lado. Todas las comidas de los niños deberían tener lugar en la guardería que podría, en forma considerablemente económica, proporcionarles una dieta más completa que la que sus madres pueden darles. Desde el momento del destete hasta el de la escolarización, deberían pasar todo el tiempo, desde el desayuno hasta su última comida, en la guardería, donde habrían de tener oportunidad de distraerse, y el mínimo de vigilancia compatible con su seguridad.

Las ventajas para los niños serían enormes. Su salud se beneficiaría con el aire, el sol, el espacio y los buenos alimentos; su carácter se beneficiaría con la libertad y el alejamiento del clima de constante y malhumorada prohibición en que pasan sus primeros años la mayor parte de los asalariados. La libertad de movimientos, que solamente se puede permitir sin peligro a un niño rodeado por un ambiente especialmente dispuesto, podría concederse casi sin restricción en la guardería, con el resultado de que el espíritu de aventura y la capacidad muscular se desarrollarían en ellos naturalmente, como se desarrollan en otros animales jóvenes. La constante prohibición de movimientos a los niños pequeños es una fuente de descontento y de timidez en su vida posterior, pero es inevitable en tanto vivan en un medio adulto; la guardería, por tanto, sería tan beneficiosa para su carácter como para su salud.

Para las mujeres, las ventajas serían igualmente grandes. Tan pronto como sus hijos fuesen destetados, podrían entregarlos, durante todo el día, a mujeres especialmente preparadas para el cuidado de niños pequeños. No tendrían que preocuparse por comprar comida, guisarla y fregar. Podrían salir a trabajar por las mañanas y regresar por la tarde, como sus maridos; como sus maridos, podrían tener horas de trabajo y horas de ocio, en lugar de estar siempre ocupadas. Podrían ver a sus hijos por la mañana y por la tarde, durante el tiempo suficiente para el cultivo de los afectos, pero no para alterar sus nervios. 

Las mujeres que pasan todo el día con sus hijos, rara vez disponen de las reservas de energía necesarias para jugar con ellos; en general, los padres juegan con sus hijos mucho más que las madres. Aun el adulto más afectuoso tiene que encontrar cargantes a los niños si no encuentra un momento para descansar de sus clamorosas demandas de atención. Pero al final de una jornada que se ha pasado lejos de ellos, tanto la madre como los niños se sentirían más cariñosos de lo que es posible cuando han estado todo el día encerrados juntos. Los niños, físicamente cansados pero mentalmente en paz, gozarían de las atenciones personales de la madre después de la imparcialidad de las mujeres de la guardería. Sobreviviría lo bueno de la vida en familia, sin factores irritantes y destructores del cariño.

Tanto el hombre como la mujer evitarían el confinamiento en pequeñas habitaciones y la sordidez, asistiendo a grandes salas públicas, que podrían ser tan espléndidas arquitectó-nicamente como los paraninfos de las, universidades. La belleza y el espacio no tienen por qué continuar siendo prerrogativa de los ricos. Se pondría fin a la irritación que ocasiona el hacinamiento, y que tan a menudo hacen imposible la vida de familia.

Y todo esto sería la consecuencia de una reforma arquitectónica.

Robert Owen, hace más de cien años, fue grandemente ridiculizado por sus "paralelogramos cooperativos", que eran un intento de asegurar a los asalariados las ventajas de la vida en comunidad. Aunque la propuesta haya sido prematura en aquellos tiempos de agobiante pobreza, en muchos aspectos se acerca a lo que hoy resulta practicable y deseable. Él mismo llegó a establecer, en New Lanark, una guardería sobre principios muy sabios. Pero las especiales condiciones de New Lanark lo condujeron erróneamente a considerar sus "paralelogramos" como unidades productoras, no simplemente como lugares de residencia. 

El industrialismo tendió, desde el principio, a cargar excesivamente el acento sobre la producción v demasiado poco sobre el consumo y la vida diaria; ello la sido el resultado de la prioridad otorgada a los beneficios, que se asocian únicamente con la producción. La consecuencia es que la fábrica se ha hecho científica y ha llevado hasta el final la división del trabajo, mientras que el hogar ha permanecido acientífico v todavía acumula las más diversas labores sobre las espaldas de la sobrecargada madre. Es un resultado lógico del predominio del beneficio como meta, el que los más azarosos, desorganizados y por completo insatisfactorios aspectos de la actividad humana sean aquellos de los que no se espera ningún beneficio pecuniario.

Debe admitirse, sin embargo, que los más poderosos obstáculos a una reforma arquitectónica como la que he venido proponiendo se hallarán en la psicología de los mismos asalariados. Aunque puedan pelearse en él, la gente quiere el aislamiento del "hogar", y encuentra en él la satisfacción de su orgullo y de su sentido de la propiedad. Una vida comunitaria en el celibato, como la de los monasterios, no suscita el mismo problema; son el matrimonio y la familia los que introducen el instinto de lo íntimo. No creo que el cocinar en privado, más allá de lo que ocasionalmente pueda hacerse en un hornillo de gas, sea realmente necesario para satisfacer este instinto; creo que un apartamento privado con muebles propios sería suficiente para personas acostumbradas a él. Pero siempre es difícil cambiar hábitos íntimos.

El deseo de independencia de las mujeres, sin embargo, puede conducir gradualmente a que se ganen la vida fuera del hogar cada vez en mayor número, y esto, a su vez, puede llevar a que un sistema como el que he venido considerando les resulte apetecible. Al presente, el feminismo está todavía en un estadio temprano de su desarrollo entre las mujeres de la clase trabajadora, pero es probable que se incrementará, a menos que haya una reacción fascista. Quizá a su tiempo este motivo llegue a determinar la preferencia de las mujeres por la preparación comunitaria de alimentos y la guardería. No será de los hombres que surja un deseo de cambio. Los asalariados, aun cuando sean socialistas o comunistas, rara vez ven la necesidad de un cambio en la situación de sus mujeres.

Mientras el paro sea un mal grave y mientras la falta de comprensión de los problemas económicos sea casi universal, se condenará, naturalmente, el empleo de mujeres casadas como probable causa de que queden sin trabajo aquellos cuyos puestos garantizan las esposas que permanecen en su casa. Por esta razón, el problema de las mujeres casadas está estrechamente relacionado con el problema del paro, que probablemente sea insoluble sin un considerable avance en el camino al socialismo. En cualquier caso, no obstante, la construcción de "paralelogramos cooperativos" como los que he defendido, solamente será practicable en gran escala como parte de un gran movimiento socialista, ya que el beneficio como única finalidad nunca les dará lugar. 

La salud y el carácter de los niños, y los nervios de las esposas, deben continuar, por tanto sufriendo mientras el deseo de beneficio regule las actividades económicas. Algunas cosas pueden alcanzarse en la búsqueda de este objetivo, y otras no pueden alcanzarse; entre las que no se pueden alcanzar está el bienestar de las mujeres y los niños de la clase asalariada y -lo que puede parecer todavía más utópico- la belleza de los suburbios. Pero aunque demos la fealdad de los suburbios por supuesta, como los vientos de marzo y las nieblas de noviembre, no es, en realidad, igualmente inevitable. Si fuesen construidos por los municipios en lugar de serlo por empresas privadas, con calles planificadas y casas como salones de residencias, no hay razón para que no resulten un placer para los ojos. La fealdad, como la inquietud y la pobreza, es parte del precio que pagamos por ser esclavos de la meta del beneficio privado.

http://espanol.geocities.com/gruposer_cl/fragmentosdebrussell.htm obtenida el 17 Nov 2007 15:38:35 GMT.